martes, 9 de agosto de 2011

En el día del abogado y de la abogada de Panamá


A pesar que desde tercer grado de la escuela primaria añoraba ser abogada, recuerdo que en sexto año de la secundaria, al momento de decidir qué profesión elegir para ingresar a la Universidad dudé entre las licenciaturas de Periodismo y de Derecho. No obstante, en una visita al Paraninfo de la Universidad de Panamá, recinto que se encontraba repleto de estudiantes, profesores y visitantes de dicha casa de estudios, quienes esperaban la llegada del líder cubano Fidel Castro, fue cuando finalmente decidí optar por estudiar la licenciatura en Derecho y Ciencias Políticas.
¿La razón? Las intervenciones de un estudiante cubano y de Fidel me hicieron recordar los motivos por los que siempre anhelé ser abogada. Y es que pese a que en el camino se me presentó el periodismo, por mi gusto por escribir, por la aventura de ir de un lugar a otro para sacar la nota periodística y por tratar de darles voz a aquellos que no la tienen, sentía que a esta respetable profesión le faltaba  un grado de independencia para poder cumplir con – esos – que eran mis objetivos a lograr, para que la labor periodística me generara satisfacción.
Por ello, al escuchar las ponencias de los personajes citados – en medio del sonado atentado contra Castro, dirigido por Posada Carriles – pude comprender que aquella labor a la cual una desea entregar su vida, tiene que tener en su esencia algo más que la motivación por
el lucro para que nos podamos sentir plenos y motivados a levantarnos diariamente, para iniciar una nueva jornada laboral. Y es que pese a las malas prácticas de algunos abogados, que son los menos, pero que gracias a ellos la profesión ha tenido un desmérito y no se le ha valorado como tal; ó, pese a los entuertos que se suscitan en la administración de justicia, por causas fundamentalmente políticas y por la falta de una real independencia de los poderes del Estado; la profesión de la abogacía es en sí misma una profesión noble, que busca alcanzar la justicia, colaborando con las personas, para otorgarles lo que les corresponde cuando se le es negado. Éste ha sido el objetivo de la abogacía desde su origen.
En este sentido, la historia da fe que esta profesión fue practicada en la antigüedad por las personas más letradas de los pueblos, quienes defendían y abogaban por aquellos contra los cuales se cometían injusticias, muchas veces por su ignorancia y por su incapacidad para defenderse por sí mismos. Así, se fue ejerciendo la abogacía en la India (5 siglos a. C.), en Grecia, en Roma y en las civilizaciones posteriores hasta llegar a nuestros días, con variantes y características particulares, de acuerdo a cada época y a cada lugar, pero manteniendo en el fondo, su naturaleza y su ideal.
Hoy, 9 de agosto, día en que se le rinden honores al gran Jurista panameño Don Justo Arosemena, al recordar su natalicio mediante la celebración del día del abogado y de la abogada en Panamá, considero que es importante que quienes portamos dichos títulos recordemos cuál es nuestra misión en el desarrollo de la sociedad. Misión que estoy segura que todos quienes fuimos estudiantes de Derecho compartíamos y buscábamos alcanzar desde las primeras clases de licenciatura y que hoy se hace necesario recordar y practicar para contribuir a mejorar la sociedad en la que vivimos.
Por ello, deseo felicitar a los abogados y abogadas que desde sus tribunas, ya sean éstas: juzgados, ministerios públicos, instituciones públicas, organizaciones sin fines de lucro, organismos internacionales, despachos particulares, centros de investigación, empresas privadas, aulas de clases, consultorías o asesorías, o cualquier otra en las cuales se puede desempeñar un abogado o abogada, mantienen viva la llama de la búsqueda de la Justicia. Llama que fue la que nos iluminó en nuestros estudios y fue la razón por la que la mayoría optó por estudiar Derecho.
Como obsequio les dejo el "Decálogo del Abogado", también conocido como los "Mandamientos del Abogado", de la autoría del jurista uruguayo Eduardo Couture.  Escrito sencillo, pero que por esa misma sencillez nos fue dado como principio y fundamento de todos los que pasamos por la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, el cual más que una vez nos hizo suspirar y anhelar cumplir.
Decálogo del Abogado
Estudia. El derecho se transforma constantemente. Si no sigues sus pasos, serás cada día un poco menos abogado.
Piensa. El derecho se aprende estudiando, pero se ejerce pensando.
Trabaja. La abogacía es una dura fatiga pues está al servicio de la Justicia.
Lucha. Tu deber es luchar por el Derecho, pero el día que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha siempre por la justicia.
Sé leal. Leal con tu cliente, al que no debes abandonar hasta que comprendas que es indigno de ti. Leal para con el adversario, aun cuando él sea desleal contigo. Leal para con el juez, que ignora los hechos y debe confiar en lo que tú le dices; y que, en cuanto al derecho, alguna que otra vez, debe confiar en el que tú le invocas. Intenta ser leal con todo el mundo y todo el mundo intentará ser leal contigo.
Tolera. Tolera la verdad ajena en la misma medida en que quieres que sea tolerada la tuya.
Ten paciencia. El tiempo se venga de las cosas que se hacen sin su colaboración.
Ten fe. Ten fe en el Derecho, como el mejor instrumento para la convivencia humana; en la Justicia, como destino normal del Derecho; en la Paz, como sustituto bondadoso de la Justicia; y sobre todo, ten fe en la Libertad, sin la cual no hay Derecho, Justicia, ni Paz.
Olvida. La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras cargando tu alma de rencor, llegará un día en que la vida será imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota.
Ama a tu profesión. Trata de considerar la abogacía de tal manera que el día en que tu hijo te pida consejo sobre su destino, consideres un honor para ti proponerle que se haga abogado.

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