Imaginar lo que viven las personas después de un sismo quizá nos lleve a pensar directamente en lo material, en aquello que se destruye. Muchas veces creemos que la destrucción debe verse en fragmentos para considerarla real. Sin embargo, en la gira que – gracias al aporte de 49 personas – María Emilia, Gina, José Luis y yo realizamos a La Tronosa, el Cruce de Sabana Grande, Vallerriquito, Vallerrico, El Muñoz, Las Palmitas, Las Trancas y Nuevo México, comunidades del distrito de Las Tablas en la provincia de Los Santos, descubrimos un proceso más profundo que agudizaba desigualdades ya existentes antes del terremoto de 7.6 en una de las provincias centrales de Panamá.
Dormir bajo la lluvia y pasar el día bajo el sol
En los lugares que visitamos, las familias duermen en
portales, patios o lotes baldíos fuera de sus casas. La temporada más fuerte de
lluvias complica todo: deben enfrentar corrientes de agua, lodo, el frío del
piso húmedo y, en algunas comunidades, el temor de ser despojadas de lo poco
que les queda.
Algunas personas, por miedo y por no tener refugio ni
colchones, pasan la noche sentadas, agotadas y sin dormir. Otras cargan cada
día sus colchones mojados para ponerlos al sol, con la esperanza de que sequen
antes de la próxima lluvia. Muchas de ellas son personas mayores, con fuerzas
cada vez más limitadas.
La realidad de las personas encamadas
Uno de los testimonios más duros fue el de quienes están
encamadas. Sin camas ni sillas de ruedas, tuvieron que ser cargadas en brazos y
permanecer a la intemperie. Así ocurrió con una señora del Cruce de Sabana
Grande y otra en La Tronosa. Imagina la fragilidad de estar enferma, sin poder
moverte, y que tu única opción sea permanecer bajo el cielo abierto, expuesta
al frío y la lluvia.
Casas que eran historia
Tras el miedo, las familias mostraban tristeza, nostalgia y
una mirada perdida de no saber qué hacer. En todas las casas que visitamos ya
había pasado personal a inspeccionarlas,
señalando que eran inhabitables. Sin
embargo, salvo dos casos en los que algún familiar las recibió, la mayoría no
tenía otra opción y se quedaba allí, reorganizando sus pertenencias en portales
o patios, cubriéndolas como podían.
En Las Palmitas, una pareja mayor perdió toda su casa. Su
hija los llevó a la suya, pero el señor pasó cinco días mirando los escombros,
incapaz de salir del asombro ni de imaginar cómo levantarse de esa situación a
sus más de setenta años.
Muchas de las casas dañadas eran estructuras heredadas de
generación pasadas, con un valor intangible por albergar recuerdos de al menos
tres generaciones. Recuerdos que se destruyeron en apenas 39 segundos. Una
señora de Vallerrico, de 91 años, con los ojos rojitos, llenos de lágrimas,
relataba que su casa de quincha había sido de sus abuelos, luego de sus padres
y finalmente suya. Tras el sismo, tuvo que mudarse con un nieto y desprenderse
de ella de un momento a otro.
Las conversaciones en cada hogar duraron alrededor de media
hora. Lo que pensábamos sería una entrega de un día terminó en dos.
Comprendimos que la necesidad iba más allá de lo material: era necesario sanar,
conversar, ser escuchadas y tomadas en cuenta. Solo al final de la plática surgía
la preocupación de cómo levantar nuevamente sus casas.
El peso invisible
En los hogares de personas mayores, la mayoría sobrevivía
gracias a transferencias condicionadas, y en algunos casos aún trabajaban la
tierra. En las pocas casas con personas en edad productiva, apenas una
trabajaba de manera remunerada, en el sector informal.
Las afectaciones golpearon con más fuerza a la población
campesina, pobre y trabajadora, agravando la situación económica y social. Sin
redes de apoyo formales ni informales, levantarse será mucho más difícil y, por
lo que apreciamos, pueden surgir problemas de salud por la falta de agua
potable, el uso de colchones húmedos, el estar bajo sol y agua, la necesidad de
cargar a personas mayores durante cada réplica, la falta de baños, la inseguridad de pasar noches sin refugio y
la violencia que enfrentan niñas, niños, adolescentes y mujeres.
Entre la impotencia y la esperanza
La primera noche después de repartir la ayuda recaudada no
pude dormir, por la impotencia. Pero decidí quedarme con la ilusión en los ojos
de dos niños de Vallerriquito que no veían la hora de abrir la carpa que les
entregamos para dormir con su hermanito. O con la alegría de una niña en Las
Trancas, gritando de felicidad porque recibió leche Klim. También con los
agradecimientos infinitos de todas las personas que visitamos, tanto hacia
quienes estuvimos presentes como hacia las amistades que aportaron para que
este apoyo fuera posible, tal como se los expresamos.
Aunque temporal, esta ayuda fue necesaria para que, al menos
por unos días, las necesidades de alimentación e higiene pudieran ser suplidas.
Gracias a todas y todos quienes se sumaron a esta
iniciativa, que atendió comunidades rurales del distrito de Las Tablas. Algunas
no habían recibido apoyo porque, al estar en el centro, pasaban desapercibidas,
mientras la ayuda se dirigía a las zonas con mayor destrucción.








